Esta entrevista es la última que en vida le hicieron al arzobispo Marcel Lefebvre. En ella, claramente, se ve reflejado que su tesitura final era no dialogar con la Iglesia conciliar, puesto que un acercamiento con ella era “absolutamente imposible”.
El tiempo le ha dado la razón, y también a la llamada “Resistencia” de Williamson, la cual, justamente, se alejó de la Fraternidad por estar en desacuerdo con el acercamiento que proponían sus jerarquías (verbigracia, Fellay), traicionando el último parecer de su fundador.
Pero ahora es momento de mirar hacia adelante: las autoridades de la FSSPX confiesan, con atino, que con la Iglesia conciliar “no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal”.
Con esta publicación, y con el emotivo video divulgado seguidamente, doy por terminadas –espero- esta serie de notas sobre el acuciante tema de la hora.
BRUNO ACOSTA
«No tenía sentido que habláramos y discutiéramos con ellos.»
«Nuestros verdaderos fieles, aquellos que han comprendido el problema y que precisamente nos han ayudado a continuar por el camino recto y firme de la Tradición y de la fe, temían los acercamientos que yo hice a Roma. Me decían que era peligroso y que estaba perdiendo el tiempo.»
(Arzobispo Marcel Lefebvre, 1991)
Con motivo del vigésimo aniversario de la fundación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el arzobispo Lefebvre tuvo la amabilidad de responder a las preguntas que le formulamos. Señalamos también cómo el prelado refuta las calumnias que se han difundido contra él respecto a los documentos conciliares sobre la Libertad Religiosa y sobre La Iglesia en el Mundo Moderno.
Fideliter – Desde las consagraciones ya no ha habido más contacto con Roma; sin embargo, como usted nos dijo, el cardenal Oddi le telefoneó diciendo: «Hay que arreglar las cosas. Haga un pequeño acto de petición de perdón al Papa y él está dispuesto a acogerle». Entonces, ¿por qué no intentar este último acercamiento y por qué piensa usted que es imposible?
Arzobispo Lefebvre – Es absolutamente imposible en el clima actual de Roma, que va empeorando. No debemos engañarnos. Los principios que ahora guían a la Iglesia conciliar son cada vez más abiertamente contrarios a la doctrina católica.
Ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el cardenal Casaroli declaró recientemente: «Quiero detenerme en un aspecto específico de la libertad fundamental de pensar y actuar según la propia conciencia: la libertad religiosa… La Iglesia católica y su Pastor Supremo, que ha hecho de los derechos humanos uno de los grandes temas de su predicación, no han dejado de recordar que, en un mundo hecho por el hombre y para el hombre, toda la organización de la sociedad tiene sentido sólo en la medida en que la dimensión humana sea una preocupación central». ¡Oír eso en boca de un cardenal! ¡No habla de Dios!
Por su parte, el cardenal Ratzinger, presentando un documento de reflexión sobre la relación entre el Magisterio y los teólogos, afirma por primera vez claramente que «las decisiones del Magisterio no pueden ser la última palabra sobre la materia como tal», sino que son «una especie de disposición provisional [...] el núcleo permanece estable, pero los aspectos particulares que influyen en las circunstancias de ese tiempo pueden necesitar corrección más adelante. En este sentido se pueden señalar las declaraciones de los papas del siglo pasado. Las decisiones antimodernistas prestaron un gran servicio, pero ahora están superadas». ¡Y he aquí que se invierte la posición sobre el modernismo! Estas reflexiones son absolutamente insensatas.
Por último, el Papa es más ecumenista que nunca. Todas las falsas ideas del Concilio continúan desarrollándose y reafirmándose con cada vez mayor claridad. Se ocultan cada vez menos. Es absolutamente inconcebible que podamos aceptar trabajar con una jerarquía así.
Fideliter – ¿Cree usted que la situación se ha deteriorado aún más desde el tiempo anterior a las consagraciones, cuando usted participó en las discusiones que llevaron a la redacción del Protocolo del 5 de mayo de 1988?
Arzobispo Lefebvre – ¡Oh, sí! Por ejemplo, la nueva Profesión de Fe que el cardenal Ratzinger exige desde comienzos de 1989. Es un asunto muy grave. Porque pide que todos aquellos [tradicionalistas] que se adhieran a ellos [es decir, que quieran llegar a un acuerdo con Roma] hagan una profesión de fe en los documentos del Concilio y en las reformas posconciliares. Para nosotros es imposible.
Habrá que esperar aún antes de considerar la perspectiva de un acuerdo. Por mi parte, creo que sólo Dios puede intervenir, pues humanamente no vemos ninguna posibilidad de que Roma enderece las cosas.
Durante quince años dialogamos para intentar devolver a la Tradición el lugar de honor que le corresponde en la Iglesia. Nos encontramos con una negativa constante. Lo que Roma concede actualmente en favor de esta Tradición no es más que un gesto puramente político, una maniobra diplomática para forzar a la gente a comprometerse. No es una convicción sobre los beneficios de la Tradición.
Fideliter – Cuando vemos que Dom Gérard y la Fraternidad de San Pedro han podido conservar la liturgia y el catecismo sin —según dicen— haber cedido nada, algunas personas, inquietas y en situación difícil con Roma, pueden sentirse tentadas de hacer también un acuerdo, por cansancio. Han logrado, según dicen, llevarse bien con Roma sin renunciar a nada.
Arzobispo Lefebvre – Cuando dicen que no han tenido que renunciar a nada, eso es falso. Han renunciado a la posibilidad de oponerse a Roma. Ya no pueden decir nada. Deben permanecer en silencio, dadas las concesiones que se les han hecho. Ahora les es imposible denunciar los errores de la Iglesia conciliar. Poco a poco se adhieren, aunque sólo sea por la Profesión de Fe que les exige el cardenal Ratzinger. Creo que Dom Gérard está a punto de publicar un pequeño libro escrito por uno de sus monjes sobre la Libertad Religiosa que intentará justificarla.
Desde el punto de vista de las ideas, comienzan a deslizarse suavemente y terminan por admitir las falsas ideas del Concilio, porque Roma les ha concedido algunos favores en materia de Tradición. Es una situación muy peligrosa.
Durante la audiencia que concedió a Dom Gérard y a una delegación de monjes de Le Barroux, el Papa expresó el deseo de verlos continuar evolucionando. No ocultó lo que pensaba. Deben someterse cada vez más al arzobispo [de su diócesis] y cuidar de no actuar como si las reformas conciliares fueran poco apreciadas por el hecho de haber recibido una excepción a la norma litúrgica del Concilio. Deben también esforzarse por llevar consigo a todos aquellos que aún no están en obediencia al Santo Padre.
Son invitaciones apremiantes, y ese es el objetivo de los privilegios concedidos.
Por eso Dom Gérard escribió a Madre Anne-Marie Simoulin, al padre Innocent-Marie, a los capuchinos de Morgon y a otros, intentando incluso influir en mí. A su regreso de Roma lanzó la ofensiva para convencer a quienes no lo seguían de que se unieran a él y se adhirieran a Roma.
Todo lo que se les ha concedido ha sido con el fin de lograr que todos los que adhieren o están vinculados a la Sociedad se separen de ella y se sometan a Roma.
Fideliter – Dom Gérard asume así el papel que antes correspondía a Mons. Perl.
Arzobispo Lefebvre – He tenido ocasión de ver al menos tres cartas que Mons. Perl envió en respuesta a personas que le habían escrito. Siempre es lo mismo: es esencial hacer un esfuerzo con aquellos que no comprenden la necesidad de llegar a un acuerdo con el Papa y el Concilio. Es una pena —escribía— que ya no haya más acuerdos.
Fideliter – Usted ha dicho, refiriéndose a Dom Gérard y a otros: «Nos han traicionado. Ahora están ayudando a quienes demuelen la Iglesia, a los liberales, a los modernistas». ¿No es un poco duro?
Arzobispo Lefebvre – ¡En absoluto! Ellos recurrieron a mí durante quince años. No fui yo quien los buscó. Fueron ellos quienes vinieron a pedirme apoyo, ordenaciones, la amistad de nuestros sacerdotes y, al mismo tiempo, la apertura de nuestros prioratos para ayudarles económicamente. Se aprovecharon plenamente de nosotros, en la medida en que pudieron. Lo hicimos con buena voluntad e incluso con generosidad. Yo estaba feliz de realizar esas ordenaciones, de abrir nuestras casas para que pudieran beneficiarse de la generosidad de nuestros bienhechores.
Y luego, de repente, me llaman por teléfono: «Ya no lo necesitamos; se acabó. Pasamos al arzobispo de Aviñón. Ahora estamos de acuerdo con Roma. Hemos firmado un protocolo».
No nos producía ninguna alegría tener problemas con Roma. No fue por gusto que tuvimos que combatir. Lo hicimos por principio, para conservar la fe católica. Y ellos estaban de acuerdo con nosotros. Cooperaban con nosotros. Y de repente abandonan el verdadero combate para aliarse con los que demuelen la Iglesia, con el pretexto de que se les conceden algunos privilegios. Eso es inaceptable.
En la práctica han abandonado la lucha por la fe. Ya no pueden criticar a Roma.
Eso mismo hizo el padre de Blignières. Ha cambiado completamente. Él, que había escrito todo un volumen condenando la libertad religiosa, ahora escribe a favor de la libertad religiosa. Eso no es serio. Ya no se puede confiar en hombres así, que no han comprendido nada de la cuestión doctrinal.
En cualquier caso, creo que cometen un grave error. Han pecado gravemente al actuar como lo hicieron, conscientemente y con una ligereza irreal.
He oído que algunos monjes piensan abandonar Le Barroux, diciendo que ya no pueden vivir en un ambiente de mentira. Me pregunto cómo pudieron permanecer tanto tiempo en un ambiente así.
Lo mismo ocurre con los que están con Dom Augustin [superior del monasterio benedictino de Flavigny]. Eran incluso más tradicionales que nosotros y ahora han pasado completamente al otro lado. Para todos los jóvenes que están allí, es terrible pensar en tal giro. Entraron en el monasterio para vivir verdaderamente en la Tradición. Era el bastión más seguro y firme de la Tradición, incluso más que la Sociedad. Pensaban que estarían garantizados para siempre. Y luego cambian completamente de postura… ¡y se quedan! Es inexplicable.
Fideliter – Algunos fieles se sienten tentados a mantener buenas relaciones con quienes se han adherido a Roma, o incluso a asistir a la Misa o a las ceremonias que celebran. ¿Cree usted que hay peligro en eso?
Arzobispo Lefebvre – Siempre he advertido a los fieles, por ejemplo a los sedevacantistas. También ellos dicen: «La Misa es buena, así que vamos».
Sí, está la Misa. Está bien. Pero también está el sermón; está el ambiente, las conversaciones, los contactos antes y después, que poco a poco hacen cambiar las ideas. Por lo tanto, es un peligro, y por eso, en general, creo que forma parte de un conjunto. No se va solamente a Misa; se frecuenta un ambiente.
Hay, evidentemente, personas atraídas por las bellas ceremonias, que también van a Fontgombault, donde han retomado la Misa antigua. Están en un clima de ambigüedad que, a mi juicio, es peligroso. Una vez que uno se encuentra en ese ambiente, sometido al Vaticano, en última instancia sujeto al Concilio, termina volviéndose ecuménico.
Fideliter – El Papa es muy popular. Atrae multitudes; quiere reunir a todos los cristianos en el ecumenismo, que dice ser la piedra angular de su pontificado. A primera vista puede parecer una idea noble querer reunir a todos los cristianos.
Arzobispo Lefebvre – El Papa quiere la unidad con quienes están fuera de la fe. Es una “comunión”. ¿Comunión con quién? ¿Con qué? ¿En qué? Eso ya no es unidad. No puede haber unidad sino en la unidad de la fe. Eso es lo que la Iglesia siempre ha enseñado. Por eso había misioneros: para convertir las almas a la fe católica. Ahora ya no hay que convertir. La Iglesia ya no es una sociedad jerárquica, es una comunión. Todo está distorsionado. Es la destrucción del concepto de Iglesia, del catolicismo. Es muy grave, y eso explica por qué muchos católicos abandonan la fe.
Si a eso se suman los comentarios escandalosos que se hicieron en el sínodo sobre el sacerdocio, declaraciones como las de los cardenales Decourtray y Danneels, uno se pregunta cómo puede quedar algún católico.
Después de Asís y de declaraciones similares, se entiende que muchas personas se hayan pasado a los mormones, a los testigos de Jehová o a otros grupos. Pierden la fe; no es sorprendente.
Fideliter – Usted suele decir que ahora es una cuestión de fe lo que nos hace oponernos a la Roma moderna.
Arzobispo Lefebvre – Ciertamente la cuestión de la liturgia y los sacramentos es muy importante, pero no es lo más importante. Lo más importante es la fe. Para nosotros está resuelto. Tenemos la fe de siempre, la del Concilio de Trento, la del Catecismo de San Pío X, la de todos los concilios y todos los papas anteriores al Vaticano II.
Durante años intentaron en Roma demostrar que todo en el Concilio era plenamente coherente con la Tradición. Ahora muestran sus verdaderos colores. El cardenal Ratzinger nunca habló tan claramente. Ya no hay tradición. Ya no hay un depósito que transmitir. La Tradición en la Iglesia es lo que el Papa dice hoy. Hay que someterse a lo que el Papa y los obispos dicen hoy. Eso es la Tradición para ellos, la famosa «Tradición viva», único fundamento de nuestra condena.
Ya no buscan demostrar que lo que dicen es coherente con lo que escribió Pío IX o con lo que promulgó el Concilio de Trento. No, todo eso se acabó; está superado, como dijo el cardenal Ratzinger. Es claro, y podrían haberlo dicho antes. No tenía sentido que habláramos y discutiéramos con ellos. Ahora es la tiranía de la autoridad, porque ya no hay reglas. Ya no se puede recurrir al pasado.
En cierto sentido, las cosas hoy se vuelven más claras. Siempre nos dan más razón. Estamos ante personas que tienen una filosofía distinta de la nuestra, una manera diferente de ver las cosas, influenciada por todos los filósofos subjetivistas modernos. Para ellos no hay verdad fija, no hay dogma. Todo evoluciona. Es un concepto totalmente masónico. Es verdaderamente la destrucción de la fe. ¡Afortunadamente, nosotros seguimos apoyándonos en la Tradición!
Fideliter – Sí, pero usted está solo contra todos.
Arzobispo Lefebvre – Sí, es un gran misterio.
Fideliter – En el último boletín “Introibo”, el padre André señala que, aunque celebran la Nueva Misa, una docena de obispos ofrecen esperanza. Son clasificados como “obispos tradicionales” por “Episcopal Who’s Who”.
Arzobispo Lefebvre – Sí, pero todos son conciliares. Sólo el obispo de Castro Mayer y yo hemos resistido a ese Concilio y a sus aplicaciones, mientras que en el Concilio éramos 250 los que nos oponíamos a los errores.
Recientemente me dijeron que volviera a leer la profecía de Nuestra Señora de Quito[1], donde a comienzos del siglo XVII la Santísima Virgen María reveló a una santa religiosa la destrucción de las costumbres y la terrible crisis que ahora afecta a la Iglesia y a su clero[2], anunciándole también que habría un prelado que se dedicaría a la restauración del sacerdocio.
La Santísima Virgen anunció que esto sucedería en el siglo XX. Es un hecho. El Buen Dios ha previsto esto para este tiempo de la Iglesia.
Fideliter – Usted ha subrayado que está convencido de que la obra que ha emprendido está bendecida por Dios, porque en varios momentos pudo haber desaparecido.
Arzobispo Lefebvre – Sí, así es. Siempre hemos sufrido ataques muy duros y muy difíciles. A menudo personas que trabajaban con nosotros, que antes eran nuestros amigos, se han vuelto contra nosotros y se han convertido realmente en enemigos. Es muy doloroso, pero no hay nada que hacer. Nos damos cuenta, después de un tiempo, de que aquellos que nos persiguen y tratan de destruirnos se hunden, y nosotros continuamos. Debemos creer, sin embargo, que la línea de la fe y de la Tradición que hemos adoptado y seguimos es imperecedera, porque es la Iglesia y porque Dios no puede permitir que su Iglesia perezca.
Fideliter – ¿Qué puede decir a los fieles que aún esperan la posibilidad de un acuerdo con Roma?
Arzobispo Lefebvre – Nuestros verdaderos fieles, aquellos que han comprendido el problema y que precisamente nos han ayudado a continuar por el camino recto y firme de la Tradición y de la fe, temían los acercamientos que yo hice a Roma. Me decían que era peligroso y que estaba perdiendo el tiempo. Sí, por supuesto, yo esperé hasta el último momento que en Roma hubiera un poco de lealtad. No se me puede reprochar no haber hecho el máximo. Así que ahora también, a quienes me dicen: «Debe llegar a un acuerdo con Roma», creo que puedo responder que fui incluso más lejos de lo que debía.
Fideliter – Usted responde: no deben preocuparse, porque estamos con la Tradición, con todos los concilios anteriores al Vaticano II, con todo lo dicho por todos los papas que lo precedieron…
Arzobispo Lefebvre – Sí, evidentemente, si estuviéramos inventando algo, nos preocuparía que nuestra invención no perdurara. Pero no estamos haciendo nada nuevo.
Hace poco vi a un obispo, amigo mío, con quien trabajé durante el Concilio y que entonces estaba completamente de acuerdo conmigo. Y me dijo: «Es lamentable que tenga problemas con Roma».
«¿Cómo usted, que combatió en el Concilio por las mismas razones que yo —le respondí—, cómo puede ahora sorprenderse? Celebrábamos reuniones constantes juntos y con otros para mantener la línea de la Tradición en el Concilio. Y ahora ha abandonado todo eso. ¿Estaba mal lo que hacíamos?»
«Mire los resultados del Concilio. ¿Puede mostrarme alguno que sea bueno, positivo? ¿Dónde y en qué ámbitos el Concilio y las reformas que surgieron de él han producido un renacimiento extraordinario en la Iglesia?»
No respondió. No hay nada. Todo es negativo.
Fideliter – ¿Qué conclusiones podemos sacar sobre la Sociedad después de veinte años de existencia?
Arzobispo Lefebvre – El Buen Dios quiso la Tradición. Estoy profundamente convencido de que la Sociedad es el medio que Dios ha querido para conservar y mantener la fe, la verdad de la Iglesia y lo que aún puede salvarse en la Iglesia. Gracias también a los obispos que rodean al Superior General de la Sociedad, que cumplen su papel indispensable de mantener la fe, predicar la fe y comunicar la gracia del sacerdocio y de la confirmación, la Tradición permanece inmutable y sigue siendo una fuente fecunda de vida divina.
Todo esto es muy consolador, y creo que debemos dar gracias a Dios y continuar guardando fielmente los tesoros de la Iglesia, esperando que un día estos tesoros vuelvan a ocupar en Roma el lugar que merecen y que nunca debieron haber perdido.
Tomado de Fideliter n.º 79, enero-febrero de 1991
Entrevista realizada por Andrew Cagnon
—————————-
Quizás le interese:
“Consideraciones sobre la respuesta de la FSSPX al ‘cardenal’ Fernández” (AQUÍ)
“Refutación al ‘cardenal’ Müller” (AQUÍ)
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (AQUÍ)
“Disandro y la obediencia” (AQUÍ)
“Meditación sobre Robert Prevost, alias ‘León XIV’. Su figura, su doctrina. El significado de su elección y perspectiva” (AQUÍ)
“Una chanza ante un grotesco libro de Federico Highton” (AQUÍ)
Etiqueta “Crisis en la Iglesia” (AQUÍ)
[1] Extracto del sermón de las consagraciones de 30 de junio de 1988: «Recientemente, el sacerdote que se ocupa del priorato de Bogotá, Colombia, me trajo un libro sobre la aparición de Nuestra Señora del Buen Suceso, a quien está dedicada una gran iglesia en Quito, Ecuador. Estas apariciones fueron recibidas por una religiosa poco después del Concilio de Trento, es decir, hace varios siglos. Esta aparición está plenamente reconocida por Roma y por las autoridades eclesiásticas; se construyó una magnífica iglesia para la Santísima Virgen María, donde los fieles de Ecuador veneran con gran devoción una imagen de Nuestra Señora cuyo rostro fue formado milagrosamente.
El artista estaba pintando el cuadro cuando encontró el rostro de la Santísima Virgen formado milagrosamente. Y Nuestra Señora profetizó para el siglo XX, diciendo explícitamente que durante el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX los errores se difundirían cada vez más en la Santa Iglesia, colocando a la Iglesia en una situación catastrófica. Las costumbres se corromperían y la fe desaparecería. Parece imposible no verlo hoy.
Pido disculpas por prolongar este relato de la aparición, pero ella habla de un prelado que se opondrá absolutamente a esta ola de apostasía e impiedad, salvando el sacerdocio mediante la formación de buenos sacerdotes. No digo que esta profecía se refiera a mí. Saquen ustedes sus propias conclusiones. Me quedé estupefacto al leer estas líneas, pero no puedo negarlas, pues están registradas y depositadas en los archivos de esta aparición».
[2] Cf. Fideliter n.º 66, nov.–dic. 1988.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario