Por BRUNO ACOSTA
El “cardenal” Müller, publicó una nota (AQUÍ) -movido por orgullo personal como se desprende del segundo párrafo- expresando una opinión contraria a las consagraciones de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX).
El escrito está plagado de sofismas. Seré sucinto, ya que desearía dejar de ocuparme de este asunto (nadie me obliga a ello, pero siento una sincera obligación de hacerlo) y, habiendo recién culminado mi tercer libro (“Alternativas a la democracia: la España Nacional”), quiero dedicarme, como pretendía, a la literatura.
Consideración general: La argumentación de Müller, como es natural procediendo de un miembro de la Iglesia “conciliar”, parte de un profundo error teológico que la invalida toda: la Iglesia “conciliar” es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana; sus jerarquías son las jerarquías de ésta; tales jerarquías no son heréticas o apóstatas, es decir, “conciliares”, sino que son “ortodoxas”, católicas.
De este error capital, se siguen una serie de sofismas:
1) Para Müller, la FSSPX “interpreta erróneamente” el Concilio Vaticano II “como una desviación de la tradición”. Me permitirá el lector, en aras de la brevedad, eximirme de demostrar que el Concilio Vaticano II sí es una ciclópea “desviación de la tradición”. A esta altura, es prácticamente una afrenta para el católico cabal sostener que ese concilábulo no es una “desviación de la tradición”. Baste referir a la declaración Dignitatis humanae personae, que contiene una proposición contradictoria con la doctrina tradicional recapitulada y solemnemente promulgada por Pío IX en Quanta Qura y en el Syllabus. Recuérdese que para algunos autores, ambos documentos –ante todo, el primero- son definiciones ex cathedra. Habría, también, que preguntarle a Suenens por qué dijo que el Vaticano II fue 1789 para la Iglesia; o por qué Ratzinger llamó a Gaudium et spes un “contra Syllabus” (Les principes de la théologie catholique, París, Téqui, 1985, ps. 426-427).
2) Müller escribe: “la duda de que la Santa Misa según el Misal de Pablo VI (por ejemplo, debido a la posibilidad de la concelebración, la orientación del altar, el uso de la lengua vernácula) contradice la tradición de la Iglesia como criterio normativo de interpretación de la Revelación (y está impreganda de ideas masónicas) es teológicamente errónea e indigna de un católico serio. El abuso real de la liturgia (misas de carnaval, la bandera atea del arcoiris en la Iglesia, cambios arbitrarios según el gusto personal) no es culpa del rito del Novus Ordo ni del Concilio [...]”. Me permitirá el lector informado y con un mínimo de intuición también ahorrar comentarios (por lo demás, tampoco Müller demuestra su afirmación de que esa postura es “teológicamente errónea e indigna de un católico serio”). A Müller, que tanto azuza el fantasma de Lutero para denostar a la FSSPX –como se verá- habría que recordarle que las innovaciones del Novus Ordo que mencionó –la “posibilidad de la concelebración, la orientación del altar, el uso de la lengua vernácula”- eran reclamos del heresiarca agustino. Y que muchos protestantes que rechazaban la Misa tradicional afirmaron que no veían dificultad alguna en utilizar el nuevo rito para celebrar la “cena” protestante (M. Thurian, G. Siegvart, R. Mehl, O. Jordahn, etc.). Según el juicio de los cardenales Ottaviani y Bacci, el Novus Ordo “se aleja de manera impresionante, tanto en conjunto como en el detalle, de la teología católica de la Santa Misa” (carta remitida a Montini, alias “Pablo VI”, el 29 de setiembre de 1969, acompañada de un Breve examen crítico del novus ordo missae elaborado por un grupo de teólogos).
Finalmente, la nueva misa está “impreganda de ideas masónicas” en la medida de que el “cardenal” Annibale Bugnini, masón, fue el encargado principalísimo de su reforma. Bugnini fue denunciado al propio Montini como masón; y en 1976 y 1978 se halló su nombre incluido en las listas de prelados masones publicadas por la prensa italiana (en Panorama, n. 538 y en L’ Osservatore Político de 12 de setiembre de 1978).
3) De forma increíble, Müller considera que las declaraciones en las que se establece que “todas las religiones son caminos hacia Dios” o la que niega la corredención de María fueron “poco meditadas”. El alemán, pues, sugiere que esos documentos no se debieron a que las jerarquías de la Iglesia “conciliar”, Bergoglio o Fernández –con la aprobación de Prevost- respectivamente, son herejes o apóstatas; sino que fueron un pequeño “desliz” por falta de “meditación”. De haberlo “meditado” bien, no las hubieran firmado. Esto es tan ridículo e inocente que no merece mayor desarrollo.
4) Müller –siempre por amor a la “unidad de la Iglesia”, ojo; no por inquina personal- estima que “su protesta [de la FSSPX] no tendrá ningún efecto y será utilizada con sarcasmo por los grupos heréticos para acusar a los católicos ortodoxos de tradicionalismo estéril y fundamentalismo intolerante.” Se ve cómo no sólo no teme Müller al ridículo, sino que acude a la falacia del sentimentalismo. ¡Cuidado con el sacrasmo de los grupos heréticos!
5) Müller por un momento se pone serio y enseña que el “Camino Sinodal [...] se trata, de hecho, de introducir enseñanzas heréticas, en particular la adopción de antopologías ateas, y una especie de constitución eclesiástica anglicana (con una dirección eclesiástica autoproclamada formada por obispos débiles y funcionarios laicos ideológicamente obstinados y ávidos de poder). Esto contradice diametralmente la constitución sacramental y apostólica de la Iglesia católica (Concilio de Trento, Decreto sobre el sacramento del orden, cap. 4: DH 1767-1770) [...]”. Müller debería, entonces, reclamar a quien cree que es verdadero Papa, Prevost, puesto que explícitamente está manifestando “enseñanzas heréticas” de corte sinodal. Así, en el mismo discurso desde el balcón de la Basílica de San Pedro, tuvo la osadía de afirmar textualmente: “queremos ser una Iglesia sinodal”.
6) “Ningún católico ortodoxo –escribe, por fin, el alemán- puede alegar motivos de conciencia si se sustrae a la autoridad formal del Papa en relación con la unidad visible de la Iglesia sacramental para establecer un orden eclesiástico que no está plenamente en comunión con él en forma de una Iglesia de emergencia, lo que correspondería al argumento protestante del siglo XVI. [...] Todos los católicos darán la razón al joven Martín Lutero en su lucha contra el indigno comercio de indulgencias y la secularización de la Iglesia, pero lo criticarán duramente por desobedecer la amenaza de excomunión, rechazar la autoridad eclesiástica y anteponer su juicio al de la Iglesia en la interpretación del Revelación.” Este es un error de bulto y concluyente. Daré por terminado mi escrito aquí. Müller realiza una falsa analogía: analoga la “desobediencia” de la FSSPX con la de Lutero (lo mismo hace el desequilibrado Highton). Pero no se da cuenta de que hay una diferencia sustancial: Lutero, por orgullo demoníaco, desobedeció a la verdadera Iglesia, y creó una nueva religión basada en el libre examen, etc.; la FSSSX “desobedece” a la Iglesia “conciliar”, que no es la verdadera Iglesia, sin crear niguna religión, sino lisa y llanamente defendiendo la religión católica, a la cual no pertencen los miembros de la Iglesia “conciliar”.
Un ejemplo, cuyo patetismo es dramático, bastaría para ilustrar lo que digo: el sofista germano –ha quedado sobradamente demostrado que lo es- olvida olímpicamente que su Iglesia “conciliar”, en 2017, a 500 años de la reforma luterana, por obra de ese personaje de báratro que fue Bergoglio, públicamente homenajeó a Lutero, emitiendo un sello postal conmemorativo con su imagen, describiéndolo como un “testigo del Evangelio”, cuando el Papa León X, en el siglo XVI, lo había llamado “maldito monstruo del infierno”. ¿Dónde está, entonces, el espíritu protestante? ¿En la FSPXX o en la Iglesia “conciliar”? ¿Dónde está la auténtica doctrina católica, y dónde la herejía luterana?
Es un DEBER para el católico cabal resistir a la falsa Iglesia “conciliar”, por amor a la verdadera Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Gritar desde los tejados que quienes ocupan el trono de Pedro son herejes y apóstatas, y que urge, por el bien y la unidad de la verdadera Iglesia, restablecer el auténtico Papado.
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