jueves, 15 de octubre de 2026

DE LO QUE APRENDÍ EN EL CAMPO

 “El campo te recuerda ciertas verdades que la modernidad intenta ocultar”

 

Por FEDERICO SERRA GONZÁLEZ

 

Pasé la gran parte de mi vida en el barrio de Pocitos en San Felipe y Santiago de Montevideo. Digamos toda la etapa de educación formal. Me fui a vivir a una zona rural de Villa Nuestra Señora de Guadalupe (secularmente Canelones). Como no tengo dotes de escritor pondré en texto los pensamientos que se me ocurren y trataré de organizarlos lo mejor que pueda.



 En mi nuevo hogar, se espera más. Uno templa la paciencia. El tiempo parece ir más despacio que en la ciudad pero más intenso, a la vez. No hay mucho con que comparar el tiempo porque las vacas del tambo que logro divisar a 2 kilómetros pasan al mismo tiempo, todos los días del año en sus parcelas. No tengo motitos ruidosas ni camionetas 4x4 inmaculadas (porque nunca tocaron el barro) pasando por frente de casa. Mi vivienda está campo adentro, como a 4 Km de la ruta principal. El almacén más cercano también está a 4 km de distancia. Como no podía ser de otra manera, es de ramos generales, uno va allí para encontrar desde alimentos hasta artefactos de sanitaria, a la vez que el mostrador sirve también como punto de reunión para compartir alguna copa y algún diálogo con los parroquianos. Las necesidades no se suplen con bajar al 24 hs de la esquina. Todo requiere un tiempo extra. Las cosas parecen adquirir más valor en cuanto uno tiene que desplazarse más distancias y darle más tiempo a las diligencias. Hasta pareciera que uno aprende a apreciar más las cosas que trae del almacén. Todo es más lento, tampoco hay mucho apuro. Nada parece ser tan tremendo.

 

“Gracias a Dios” y “si Dios quiere” se sigue escuchando en boca de los vecinos. Por tradición son todos bautizados. Hay un pudor en mostrar si un vecino tiene mejores ingresos. Como que hay algo de lo sobrio, tal vez herencia de una cultura propiamente católica, que sigue persistiendo a pesar de las tentaciones tecnológicas y mercantiles del modernismo. De hecho, en la zona donde vivo hay quienes manejan mucho capital y maquinaria del sector agrario y ganadero, y quienes  tienen muchísimo menos. Sinceramente, por la vestimenta cuando se va al pueblo no se puede distinguir bien cuantas hectáreas o cabezas maneja uno u otro, o cuantos camiones o toneles de grano maneja otro, solo por la apariencia. Obviamente el pudiente no pasa necesidades, pero no hay una intención de diferenciarse en usos y costumbres. Nadie lo quiere, observo que no hay necesidad de andar “luchando por clases”: la boina, la alpargata, el pantalón, el buzo de lana es más o menos el mismo. Por donde vivo hay una forma de ir al Chuí en 3 horas. O sea que tanto el rico como el medio pobre van al mismo lugar a comprar lo cotidiano.

 

“Un vecino es el familiar más cercano” me lo dijo un guacho vecino y es una lección que no pensé que iba a aprender pasados los 40. En el campo entendí el significado de la palabra “gauchada”: me han sacado del barro, así como también yo he terminado una media noche tirado debajo de la camioneta de un vecino buscando de donde atar su vehículo empantanado. Las cuentas son más o menos. Nadie está contando el último centésimo. Se paga después. La palabra tiene valor. Somos muy pocos y todos sabemos lo que hacen los demás. Uno vive una situación más comunitaria. El compromiso con la comunidad es mayor. El Estado llega lo necesario, por lo menos donde estoy. No sé cómo es en lugares más al norte. Cuando digo el Estado llega lo necesario es que en el pueblo están las cuestiones del Estado como sistema financiero controlado por banco, salud y policía. Tierra adentro las consecuencias son directas. Se trata de frente con la persona. No hay mediadores. Por eso es mejor respetar al otro y a lo que uno se compromete. Se anda con plata y con armas, la palabra, el nombre y el apretón de manos es el mejor capital de uno.

 

Cosas que no imaginaba viviendo en un apartamento en Pocitos es carnear una oveja. El vecino, criado toda la vida en el campo con mucho oficio me mandó tomar con fuerza el cuello y las patas delanteras del animal. En una punción limpia y efectiva el gaucho clava la daga en el lugar indicado para que el animal en menos de un minuto deje de ser vivo. Fue una muerte rápida, la más piadosa posible. Allí mismo entendí con que facilidad se pasa de ser a no ser en un instante. Por tanto, la vida cobra un valor superlativo. Muchos pensamientos en un segundo viendo a la oveja dando sus últimos suspiros. Cómo la muerte es parte de lo que nos rodea hasta que Cristo, quien venció la muerte eterna en la cruz, vuelva a restaurar todas las cosas. Cómo viviendo solo en el campo, por un accidente puedo pasar de ser a no ser en unos minutos sin que nadie se entere. Cómo la vida tiene más valor viendo la muerte de un animal todos los días. Además, cómo se sabe bien que un animal es una animal y una persona es una persona. Todos los días conviviendo con esa disciplina pone las cosas en su justa jerarquía. El campo te recuerda ciertas verdades que la modernidad intenta ocultar. Todo parece más real. Todo parece tener mayor sentido. Porque el sentido último de las cosas es saber distinguir lo que da sentido y vida, y lo que no. Por tanto, lo que conduce a Cristo y lo que no. 

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