Hoy, Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa.
Ha sido un día terrible para mí. La tristeza se apoderó de mi alma al contemplar la degradación en que se encuentra la Iglesia de Cristo (en puridad, su remedo), usurpada hace décadas por sus enemigos. El heresiarca Prevost, verbigracia, ha recientemente llamado al herético documento Amoris laetitia “un luminoso mensaje de esperanza”. Las herejías, pues, para Prevost, son luminosas y esperanzadoras.
No queda mucho por agregar. La FSSPX, por su parte, si bien ha tomado una decisión valiente -en la que he ahondado en esta revista- lo hace ostensiblemente para “cuidar su chacra”, su “gueto”, pero no en vistas a la Iglesia universal. Debería, para ser consecuente, para no cometer un grave error doctrinal y canónico, declarar –como le pidió Disandro a Lefebvre en 1977- la sede vacante. Pero no lo hará. Quizás sea cierto aquello de que la FSSPX es la “colateral de la Roma apóstata”.
En este estado, creo que es oportuna la publicación del poema “Canto de Esperanza” de Rubén Darío. ¡Oh, Señor Jesucristo! ¿Por qué tardas, qué esperas/ para tender tu mano de luz sobre las fieras/ y hacer brillar al sol tus divinas banderas? Por momentos, la crisis de la Iglesia es tan abisal y desgarradora, que una solución humana se antoja imposible; yo grito desde los tejados, pero mi clamor se pierde como moneda arrojada a la mar.
¡Ven Señor Jesucristo!
Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.
¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno de Cristo.
La Tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.
Verdugos de ideales afligieron la Tierra,
en un pozo de sombra la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.
¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?
Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.
Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo,
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.
Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.
Rubén Darío
Rubén Dario se equivocaba, Dios nos dejó el Libre Albedrío, no esperemos milagros; Hagámoslo nosotros ¡!
ResponderBorrarEstimado Marco Antonio: Gracias por estar siempre pendiente de mis mensajes. Sobre lo que acota, quizás el camino sea el intermedio: "A Dios rogando y con el mazo dando", decía el refrán. Saludo cordial.
BorrarNo queremos, ni podemos pecar de escrúpulos ni de presunción, pero recordando ayer (Domingo de Ramos) las primeras paralabras de Jeuscristo en el "ara de la Cruz":《Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.》 (Hb. 5), no podemos menos que reflexionar sobre el "perdón" (70 veces 7), pero también sobre la malicia, la premeditación y alevosía.
ResponderBorrarSi de un Juicio se tratara, todos esos elementos están presentes.
Ellos matan, ya no el físico de Jesús, sino su Cuerpo Místico, mismo desde dentro, estando "ellos" entre nosotros, pero "no siendo de los nuestros".
El silencio de María Santísima es un recordatorio de la humildad y la obediencia, del abandono y el poder de la oración.
"Si nosotros no gritamos, gritarán las piedras".
Somos esas piedras.
Ya hemos lanzado nuestra voz.
Ya hemos tomado libremente decisiones, y hablan nuestras acciones.
Como bien dice, joven Bruno, no serán los hombres quienes traigan la solución, será el propio Señor Jesucristo, quien convocado por la realidad de los hechos, la Promesa, y secundado por las oraciones de la "Militia", vendrá en Majestad y Gloria, a "poner en orden la casa".
Duele, duele mucho, pero la Historia ya tiene su fin marcado, el Señor ya ha ganado: Él es el Rey de la Gloria y Señor de la Historia, todo está bajo control.
Redoblemos nuestras oraciones, penitencias y sacrificios.
Dejemos a Dios ser Dios.
Hermoso, sabio, elocuente y cariñoso comentario como siempre, estimada Elena. Mucho se lo agradezco. Dios la bendiga y la Virgen la ampare. Salve
BorrarLa agradecida a Dios soy yo; bendecida por el don de la Fe, por esta gracia inmerecida, de ser llamada "hija de Dios". Compromiso grande, si los hay, y responsabilidad mayúscula: imitar a Cristo y a María, en haras de la santificación, en busca de la salvación.
ResponderBorrarLa agradecida y bendecida soy yo, por contarme entre sus lectores, y fraternalmente unida a usted en la fe.
Quiera Dios que este Buen Combate, que usted ha aceptado dar, a instancias y llamado del Apóstol San Pablo, nos encuentre fuertemente asidos a María Santísima, Rosario en mano, una oración en los labios y otra más en el corazón.
¡Salve!
¡Hermoso! ¡Gracias! ¡Salve!
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