Estas palabras escritas en la revista “Cabildo” por Aníbal D’ Angelo Rodríguez en febrero de 2006 (hace 20 años) son de extraordinaria lucidez, claridad y profetismo.
Vaya esta publicación como homenaje hacia él, a la extraordinaria revista “Cabildo” –y a todos quienes colaboraron con ella- y a su director, mi querido maestro Antonio Caponnetto.
BRUNO ACOSTA
TESTIGO DE CARGO
Es la demografía, estúpido
[...] El artículo abunda luego en la cuestión islámica, que es sobre todo preocupante para Europa. Porque en ese que fue el ámbito original de Occidente se está produciendo exactamente el mismo fenómeno que puso fin al mundo antiguo y abrió paso a la cristiandad: una baja catastrófica de la natalidad y pueblos vecinos que llenan el hueco que se abre. No sólo la naturaleza tiene horror al vacío: también la geografía. De nada vale, pues, que españoles, franceses y alemanes refuercen la vigilancia de sus fronteras y dicten una ley tras otra para reducir, limitar o prohibir las migraciones. O llenan ellos mismos sus cunas vacías, o de una u otra manera los musulmanes se colarán por los mil agujeros que todas las medidas restrictivas tienen. Porque el dato que debería hacer temblar a los políticos europeos, si no fueran tan minúsculos, es que en 1970 la población del mundo desarrollado duplicaba la del mundo islámico (30% contra 15% de la población mundial). En el 2000 las cifras se han equilibrado en alrededor del 20% para cada uno. ¿Alguien duda sobre lo que pasará en 2030?
Es la religión, amigo
[...] Estamos padeciendo una etapa de la Historia de Occidente en que Dios ha sido expulsado de la vida pública y se ha erigido la Ciudad del hombre con su fe secular y profana.
El problema es que la religión resultante no tiene sino impulsos de muerte y de ellos se nutren todas las costumbres, la legislación y las artes vigentes. No se encontrará ni una sola cosa de las que propone hoy la progresía que de manera directa o indirecta no ataque a la familia y con ella a la procreación.
No se hallará jamás en la “agenda progresista” un solo afán eficaz de asegurar la vida, de proteger la familia que la engendra, de conformar los caracteres cuya existencia es condición para que todo ello exista. Como arrastrada por la pulsión de la muerte, nuestra cultura es hoy esencialmente destructiva, aunque esconda su verdadera naturaleza bajo el aspecto de una fiesta continua de los sentidos.
¿Cómo calificar la “reivindicación” del aborto como un “derecho” de las madres, o la propaganda en pro de “matrimonios” que son caricaturas del único existente y cuya clave es la esterilidad que la naturaleza les impone?
¿Cómo explicar la inmensa correntada de pornografía e impudor, cuyo principal resultado es la conversión de lo sexual en una actividad lúdica e irresponsable?
¿Cómo entender la decadencia proyectada y propiciada desde el Estado de la familia, contra la cual se dictan leyes que facilitan cada vez más el divorcio mientras jamás se les brinda protección eficaz aunque más no fuera en sus aspectos económicos o tributarios?
[...] Todo eso y mucho más ataca, directa o indirectamente, el verdadero núcleo de toda la cuestión: la familia, el último reducto de una sociedad basada en el amor. Sí: eso es la familia. Una sociedad basada en el amor. Pero como esta palabra es por arriba demasiado metafísica para el hombre de hoy y por abajo ha cesado de significar algo preciso, prefiero bajar los decibeles de la explicación y recordar que la familia exige sacrificios.
Y esto es lo que le falta a nuestra sociedad actual. Con toda su cultura volcada al disfrute inmediato y totalmente ajena al concepto y la realidad del sacrificio.
El detalle es que no hay familia sin sacrificio. No diré yo que el sacrificio es igual a amor, pero sí ciertamente que el sacrificio es la prueba de fuego del amor. En ese sentido no es exagerado decir que la familia es una comunidad de sacrificios gozosos. En una familia que funciona, se sacrifican los padres por los hijos y –en su momento- los hijos por los padres. Y, cotidianamente, el motor de la vida de una familia es la postergación del deseo egoísta y la perspectiva del otro (y del conjunto) por el cual vale la pena sacrificar algo propio. Ese clima familiar sólo puede existir en un ambiente religioso. La decadencia de la familia es un subproducto necesario del eclipse de lo religioso.

La danza de la muerte
Repito: no hay un solo elemento de la cultura actualmente vigente en Occidente que no lleve, directa o indirectamente, a la extinción de la familia, a la entronización de la irresponsabilidad y –en última instancia- a la muerte. El aborto, la eutanasia, el divorcio express, el amor físico convertido en algo superficial y anodino en vez de un acto creador de vida... Piense el lector en cada una de las piezas del rompecabezas en que vive y comprobará si nos equivocamos.
[...] Hasta los dinks (double income no kids: parejas con doble ingreso y sin hijos) que son como la culminación geométrica y perfecta de este mundo. La pareja dink es, desde otro punto de vista, la antítesis perfecta de la familia: una comunidad basada en el egoísmo, en la búsqueda de la satisfacción inmediata y en la evitación del sacrificio. Su esterilidad es aquí causa y consecuencia.
Del egoísmo no nacen hijos y mucho menos hijos de Dios. Lo gracioso –por decirlo de alguna manera- es que los dinks y sus semejantes creen vivir una vida de aventuras cuando la más humilde pareja que engendra y cría hijos protagoniza una peripecia mil veces más importante y mil veces más exaltante [...]
En “Cabildo”, febrero de 2006, núm. 53, ps. 25-27.

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