Tenía algo de razón Gardel cuando cantaba: “Mi Buenos Aires querido/ cuando yo te vuelva a ver/ no habrá más pena ni olvido”. Ante todo, no habrá más pena; o un sentimiento semejante.
¡Pasé tan bien en Buenos Aires! Y eso que no vi prácticamente el sol, víctima de esta primavera extraña, invernal y mustia.
¡Pasé tan bien en Buenos Aires! Y eso que hasta mi conferencia del domingo –tan significativa para mí- sufrí unos nervios irremediables.
¿Por qué, Buenos Aires, me resultas tan encantadora? ¿Será por esa atmósfera todavía católica y patriótica? ¿Será por ese ambiente cultural, en el que se encuentra –aún- a cada cuadra una librería? ¿Será por las risas, confidencias y enseñanzas que me regalan maestros y amigos entrañables? ¿Será por eso, Buenos Aires?
El sábado, temprano a la mañana, cuando aún dormías, me encontré a la par, por tus calles desoladas, con uno de mis santos predilectos: San Agustín. Cuando iba rumbo al Colegio San Pablo –sede católica y coqueta de las “Jornadas de la Hispanidad” – hallé providencialmente una iglesia que lleva su advocación. ¡Mañanita fría y a la vez tibia de Buenos Aires, abrasada por el corazón inquieto y fulgurante de San Agustín! Le pedí a San Agustín paz y misericordia; le agradecí.
¡Mañanita fría y a la vez tibia de Buenos Aires! ¡Mañanita tierna, agustina y católica!
BRUNO ACOSTA
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