No había podido prácticamente dormir tras mi primer día en Buenos Aires.
Los amigos, los camaradas, me habían recibido con un cariño inmenso, inmerecido,
gratamente sorprendente para mí.
Era la mañana del jueves cuatro de julio. Una mañana, para la inmensa mayoría de los trinitarios, absolutamente corriente, normal. Mañana de trabajo. Jornada de ocupación y de agitación laboral. Bajé del hotel, temprano, y me dirigí al café “Los Angelitos”, por la calle Bartolomé Mitre. Los restoranes, las confiterías, aún vacías u ocupadas por los primeros comensales que desayunaban. Algunos estudiantes ingresaban presurosos a una facultad de artes. Hacía frío. Yo rezaba a la par que caminaba despacio.





