miércoles, 15 de julio de 2026

EL CRISTIANO Y LA PRESERVACIÓN NACIONAL

He aquí un brillante escrito –sobre un acuciante tema- de una de las jóvenes promesas de esta patria orientala.


Por JUAN ANTONIO HERNANDORENA ORTÍZ*

La nación no es una simple suma de individuos. Si no existe el sentimiento de preservación, el Uruguay dejará de ser tal.
 

Los compatriotas del interior lo entienden mejor. Pero el montevideano debe empezar a sacarse de la cabeza esa educación y mentalidad cosmopolita, tan normal de concepciones liberales. No existe el ciudadano mundial. Esta es una verdad olvidada en los tiempos que corren y la necesidad de preservar, y no sólo preservar sino también desarrollar, las virtudes del pueblo oriental de matriz católica y europea, es cada vez más urgente.


 

Sin embargo, desde los últimos tiempos, en especial desde el siglo XX en adelante, se ha tergiversado y hasta demonizado el instinto de preservación de algunos pueblos del mundo. No en todos, porque nadie se queja cuando los hombres y mujeres del África subsahariana denuncian y luchan por el porvenir de sus pueblos. Nadie alza la voz contra los pueblos del Asia cuando estos, a través de medidas económicas o políticas, o ambas, destinan esfuerzos para preservar su integridad y pureza cultural. Nadie se escandaliza cuando los indigenistas y los respectivos movimientos del mismo tipo presumen su discurso básicamente supremacista. El problema aparece cuando los pueblos de origen europeo y religión cristiana buscan ese mismo objetivo.

 

Vivimos una época histórica donde el único odio aceptado y promovido por el sistema democrático liberal es hacia el hombre occidental. A través de un revanchismo histórico y la dichosa reparación histórica, de discursos de índole liberal o marxista, y a través de toda una serie de medios de comunicación y formación en la sociedad, se ha instalado un inconsciente colectivo de odio extremo en los pueblos occidentales hacia sí mismos.

 

Pero esto es, siendo optimistas, totalmente reversible. Solamente hay que mirar a la tradición, a la experiencia histórica, y por último pero sin duda más importante, tenemos que mirar al sentido común. El más común de todos los sentidos, aunque quizás ya no tan común en el siglo XXI.


***

 

En la Banda Oriental, en esta “República de Sanabria” encontramos al igual que en la totalidad de iberoamérica, una matriz civilizadora en el catolicismo traídos por los hombres de la península ibérica, los cuales tras haber pasado casi ochocientos años en lucha contra el moro por la reconquista de su tierra cristianizada antes de la invasión, y que fue hogar de diversos pueblos a lo largo de la historia como los tartessos, íberos, celtas, celtíberos, romanos y visigodos, tierra de civilizaciones valga la redundancia, se alistaron para llevar a cabo la mayor hazaña en la historia humana que fue la conquista del continente americano. Es cierto que las raíces del catolicismo no lograron ser tan gruesas en esta pequeña zona del imperio español como lo fueron en mesoamérica o en el Perú, pero no por eso deja de ser la verdadera base de nuestra patria. La comunidad nacional oriental debe preservar esa matriz católica, esa matriz fundante que le da sentido a nuestra existencia, y eliminar a aquellos patógenos que dañan esta misma. Entre ellos por supuesto están la masonería, el liberalismo y el marxismo.


Y en otro aspecto, el componente criollo y el componente propiamente europeo no es tan débil como en otras regiones del continente hispanoamericano. Los mexicanos pueden presumir de que en su tierra natal hayan existido ciertamente civilizaciones con un admirable grado de desarrollo en el contexto continental. Olmecas, Mayas, Mexicas, Toltecas, entre otros más, han regado por ese país numerosas huellas que la arqueología ha estudiado y seguirá estudiando. En el Perú, el recuerdo de los incas sigue vivo. Según el ministerio de cultura del estado de Perú, Machu Picchu recibe al año 1,6 millones de visitas. En los últimos tiempos, de finales del siglo pasado en adelante, las investigaciones en la región terminarían dando frutos impresionantes, ejemplo de ello fue lo ocurrido en 1994 con el descubrimiento de la civilización más antigua del continente americano, Caral, con alrededor de cinco mil años de antigüedad. Pero, no obstante, si nosotros nos proponemos a bajar más hacia el sur, vemos un panorama diferente en lo hoy son países como Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay.

 

En el Uruguay, para centrarnos en el panorama nacional, la situación es diferente. No es el objetivo de este escrito detenerse en la definición de civilización, en la que parece que los propios expertos en la materia tienen dificultades. Pero en nuestro suelo patrio no ha de pasarnos por la cabeza la absurda idea de que existieron pueblos precolombinos con el mismo nivel que las civilizaciones ya mencionadas con anterioridad. Eso simple y llanamente nunca existió en el Río de la Plata, y no hay nada que indique lo contrario.

 

La “Patria indígena” como curiosamente la denomina el historiador Flavio A. García en su “Historia de los orientales y la revolución hispanoamericana”, estaba conformada por pueblos de naturaleza plenamente nómada, entre ellos podemos nombrar a los famosos charrúas, pero también a otros no tan famosos para el compatriota promedio como los yaros, bohanes, chanas, wenoas, minuanos y arachanes. Estas comunidades sí bien tenían posiciones bien determinadas en la geografía de la zona, no vivían en ningún paraíso indígena, sobrevivían en un estado de constante conflicto entre sí. Estos grupos presentaron respectivas reacciones ante la llegada del español, algunas con menor o mayor agresividad, pero lo más trascendental es que en ningún momento de su historia lograron en lo más mínimo acercarse al grado de desarrollo necesario como para heredarnos industrias, instituciones, literatura, arquitectura, costumbres políticas, leyes, arte, entre otras tantas cosas. Lamentablemente se nos ha querido inculcar un sentimiento indigenista que es incompatible con la realidad. Uruguay no es como Paraguay o Bolivia, como Ecuador o Colombia, como Venezuela o México, el Caribe o Centroamérica. Y esto no es malo, es lo que somos. Nuestra lengua, nuestra historia, nuestro estado nacional con todas las críticas que se le puede hacer y se deben hacerle, nuestras instituciones, nuestra literatura y arte, nuestras industrias madres y economía, nuestra filosofía, fueron obra del hombre cristiano y occidental.

 

Pero durante los últimos cien años, una gran horda de movimientos subversivos y enemigos de nuestra civilización, en especial desde 1945 en adelante, terminaron ganando tanto en el campo militar como cultural, y por más que muchos compatriotas sean conscientes de lo que se ha dicho anteriormente, tienen una cierta dificultad al momento de decirlo. Algunos lo afirman con indiferencia, otros con cierta repelús, pero pocos son los que verdaderamente sienten amor a su herencia real. Si nos detenemos acá, observamos un problema grave del Uruguay y que es común al occidente en su totalidad. El odio a sí mismo.

 

Europa ciertamente hoy en día ya no es el faro del mundo, ni tampoco un ejemplo a seguir. Hispanoamérica tampoco es muy ejemplar, eso es cierto. Lo cortés no quita lo valiente. Sin embargo, por debajo de toda esa yedra sofocante como diría Maetzu, en este caso de degeneración moderna, relativismo, anti-cristianismo, liberalismo y marxismo, existe y aún intacta, la base civilizadora que es la única capaz de asegurar la prosperidad de los pueblos occidentales. Porque, ¿cómo podría pensarse que un cuerpo podría llegar a funcionar sin la cabeza o el corazón? Los males de la cabeza y el corazón tienen cura, es cuestión de voluntad.

 

***

 

Recientemente Ignacio Zuasnabar, sociólogo minuano, se encargó de dirigir una encuesta realizada en el Uruguay para con la cuestión de la inmigración. Tópico mal tratado en la discusión política nacional en la cual al parecer es más importante fijarse en la excelsa humadera de las tanquetas militares, término ambiguo de hecho, o en la reciente rendición de cuentas de este año, qué sorpresa, politiqueros robando. Nunca ha sido tan fácil entretener a las masas.

 

En esta encuesta, unos datos realmente interesantes salieron a la luz. Mientras un 42% considera que la llegada de personas de otros países perjudica al Uruguay, un 37% entiende que representa un beneficio, de acuerdo con una encuesta nacional realizada por Equipos Consultores, que dirige el sociólogo minuano Ignacio Zuasnabar (...) El estudio muestra que un 21% de los consultados cree que la inmigración perjudica “mucho” al país y otro 21% que lo perjudica “algo”. Del otro lado, un 11% sostiene que beneficia “mucho” y un 26% que beneficia “algo, se puede leer en Diarro Serrano.

 

La inmigración siempre se puede abordar desde el punto de vista económico, porque al final del día es el punto más fácil y cobarde. Claro está que el Uruguay es un país vacío y que se está vaciando, de esto mismo se han encargado todos los gobiernos desde hace cuarenta años atrás hasta el día de hoy. Ante este hecho artificialmente provocado por el sistema, los políticos han hablado de shock de inmigración. Dicho de otra manera, reemplazo poblacional. Claramente ha salido caro la propaganda anti-natalidad, pro-abortista y anti-familias que se ha realizado en las últimas décadas. Es común hoy en día que la mujer que prefiera matarse antes de pensar en ser madre, se ha naturalizado este sentimiento y se ha plantado la confrontación generacional, no por nada vivimos en la era en donde las personas están más distanciadas por motivos ideológicos y partidistas. Nunca antes se había visto tanta diferencia de pensamiento entre los dos y únicos sexos que existen, el hombre y la mujer.

 

Se quiere para el Uruguay, por parte de los partidos políticos, un reemplazo poblacional que sustituya a la gente que desciende de los constructores de la patria y que se ven imposibilitados en su proyecto de vida por el sistema, por grupos que no tienen nada que ver con el país y que no se encuentran en conexión alguna con el Uruguay. Por alguna razón el político uruguayo ama ver a la familia cubana, venezolana y dominicana pero desprecia con gran fervor a la familia uruguaya. Y esto es por el origen real del uruguayo, que tanto cultural como físicamente, es Europa.

 

Acá muchos cristianos se encuentran en un dilema moral y espiritual.

 

Pero veamos que ha dicho la Iglesia con respecto al tema de la etnia, dicho de una manera políticamente correcta, que quizás a más de un hermano de fe le sea sorprendente y revelador.

 

El Papa Pío XI nos dice lo siguiente en su Discurso al Colegio de Propaganda en 1938:

 

Con la universalidad está la esencia de la Iglesia Católica; pero con esta universalidad están también, bien armonizadas, bien comprendidas y cada una en su lugar, las ideas de raza, de linaje, de nación y de nacionalidad [l'idea di razza, di stirpe, di nazione e di nazionalità]... No hay necesidad de ser demasiado exigentes: así como se dice género, puede decirse raza, y debe decirse que los hombres son ante todo un solo gran género, una sola gran familia... La humanidad es una, única, universal, raza católica. Sin embargo, de ningún modo se niega que en esta raza universal haya lugar para las razas particulares y, como otras tantas variaciones sobre ellas, también para numerosas naciones aún más particularizadas. Del mismo modo que en las grandes composiciones musicales existen importantes variaciones en las que se encuentra el mismo motivo general, que las inspira a todas y reaparece repetidamente con tonalidades, acentos y expresiones diferentes, así también en la humanidad existe una única, vasta, universal y católica raza humana, y junto a ella, y dentro de ella, diversas variaciones... (...) "Esta es la respuesta de la Iglesia: esto es lo que la Iglesia considera el verdadero, propio y sano racismo [ecco che cosa è per la Chiesa il vero, il proprio, il sano razzismo], digno de los hombres considerados en su gran colectividad. Todos del mismo modo: todos objeto del mismo afecto maternal, todos llamados a la misma luz de la verdad, del bien y de la caridad cristiana; para ser todos, en su propio país, en las nacionalidades particulares de cada uno, en su propia raza, propagadores de esta idea tan grande y magníficamente maternal, humana, incluso antes de ser cristiana."

 

Estas palabras del pontífice Pío XI nos deja en claro una cosa. Claramente el catolicismo es universal, pues en la universalidad como bien expone, esta la auténtica esencia de la Iglesia Católica. Pero dentro de esta natural universalidad se encuentran las ideas de  “raza, de linaje, de nación y nacionalidad”. No es un crimen ni es un pecado pensar en las claras diferencias entre las naciones del mundo, y respetar estas diferencias es justamente lo verdaderamente cristiano, y dentro de estas diferencias está la armonía. El propio Pío XI lo dice, “de ningún modo se niega que en esta raza universal haya lugar para las razas particulares y, como en otras tantas variaciones sobre ellas”.

 

Sepa el hombre de fe que si usted siente que su pueblo tiene derecho a preservar sus diferencias, que no está cayendo en pecado o herejía. Ese sentimiento es de los más preciosos que su corazón puede engendrar.

 

Volviendo a la encuesta realizada por el señor Zuasnabar en el Uruguay, es importante y no menor, hacer destacar que la postura contraria a la inmigración en nuestra república proviene de la población que radica en el interior del país y no en la capital. Esto es normal. El montevideano, que ha tenido que educarse bajo una visión liberal y cosmopolita es incapaz de arraigarse por completo a su tierra natal, porque la abominación del “ciudadano mundial” a sido implementada profundamente. En cambio, las personas educadas y acostumbradas al ambiente rural, a la comunidad, a la religión, a la familia, son capaces de arraigarse a su tierra natal. Y ante la visión dañina del cosmopolitismo, el gran papa Pío XII que tan mal ha sido tratado por la historiografía reciente nos deja las siguientes palabras en su Encíclica papal sobre la unidad de la sociedad humana:

 

“La Iglesia de Jesucristo... es el depósito de Su sabiduría; ciertamente es demasiado sabia para desalentar o ridiculizar esas peculiaridades y diferencias que distinguen a una nación de otra. Es perfectamente legítimo para las naciones tratar esas diferencias como una herencia sagrada y protegerlas a toda costa. La Iglesia aspira a la unidad, una unidad determinada y mantenida viva por ese amor sobrenatural que debe actuar en cada uno; no tiene como objetivo una uniformidad que solo sería externa en sus efectos y que sofocaría las tendencias naturales de las naciones respectivas. Cada nación tiene su propio genio, sus propias cualidades, que brotan de las raíces ocultas de su ser. El desarrollo sabio, el estímulo dentro de los límites, de ese genio, esas cualidades, no hace daño; y si una nación se preocupa por las precauciones necesarias, por las reglas de conducta que el caso requiere, tiene la aprobación de la Iglesia. Ella es lo suficientemente madre como para simpatizar con tales proyectos con sus oraciones, con tal de que no se opongan a los deberes que incumben a los hombres por su origen común y su destino compartido.”

 

Una vez más presenciamos el genio de los hombres de la Iglesia con estas palabras de Pío XII. Las diferencias entre los pueblos existen, son reales. Está bien y es correcto aceptar ese hecho natural. Lo que no está bien es justamente faltar el respeto a las diferencias naturales presentes en esta universalidad. Cada nación tiene su propio genio, como bien define el ahora citado. El oriental tiene su genio y sus cualidades particulares. Y dichas diferencias no pueden pasarse por alto y reemplazarlas por las de otros pueblos como los políticos quieren ahora en estos momentos que nos tocan vivir. El resurgir nacional de nuestra patria se encuentra, como es de esperarse, de la mano con el Rey de Reyes.

 

Después, Pío XII en su discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, esto en 1946, nos dice algo muy interesante y verdadero:

 

“La verdadera supranacionalidad de la Iglesia, que está lejos de proyectar una sombra sobre las nacionalidades particulares y pretender fundirlas a todas en una gris uniformidad, por el contrario, las favorece y las resalta, gracias a una feliz armonía, las características y los recursos de cada una en lo que respecta a su autonomía y su originalidad."


* Jefe de la agrupación nacionalista “Resurgir Nacional”.




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Otro escrito de Juan Antonio Hernandorena Ortíz: “A las juventudes uruguayas, y del mundo...” (AQUÍ)


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